Veinte años después

Hace veinte años decidí estudiar Derecho.

Mi objetivo era muy sencillo: quería ser el abogado de mi familia.

No tenía idea de lo que era el Código Civil. No sabía quiénes eran los ministros de la Suprema Corte. Nunca había escuchado los nombres de Hans Kelsen, H. L. A. Hart o Ronald Dworkin. Mucho menos imaginaba que algún día pasaría horas leyendo filosofía del derecho, teoría jurídica o discutiendo sobre interpretación y positivismo.

Simplemente quería ser el abogado de mi familia.

Después vino la universidad.

Llegaron los profesores memorables, las lecturas interminables, los casos, las prácticas profesionales y esa sensación tan característica de los primeros años: la impresión de que detrás de cada problema humano existe una teoría capaz de explicarlo.

Como muchos estudiantes de Derecho, salí buscando maestros. Personajes a quienes seguir. Autores que parecían tener respuestas. Juristas, filósofos, escritores, intelectuales.

Pasaron los años.

Litigué. Fundé un despacho. Me convertí en abogado postulante. Gané algunos asuntos. Gané asuntos pequeños, luego medianos, luego grandes. Y ahí estuvo el problema. Vi de cerca lo mejor y lo peor de la profesión. Descubrí que los expedientes rara vez se parecen a los libros y que los conflictos humanos son mucho más complejos que cualquier teoría.

Mientras tanto, también cambió mi vida.

Me casé.

Tuve una hija que terminó convirtiéndose en mi brújula.

Cambié hábitos, prioridades y ambiciones.

Fui consejero vecinal, en gran parte por Tocqueville.

Mi madre murió.

Me tocó acompañar a mis dos padres durante sus respectivos cánceres.

Y ahora, acercándome al final de mis treinta años, me encuentro nuevamente frente a una pregunta que creía respondida hace mucho tiempo.

¿A qué familia me toca cuidar ahora?

Curiosamente, las respuestas han aparecido en lugares inesperados.

En una vieja novela familiar como Los Buddenbrook.

En un manga sobre un periodista que vive a la sombra de un padre célebre.

En otro manga sobre un empleado japonés que intenta navegar organizaciones complejas sin perder la dignidad.

En textos sobre empresas familiares, family offices y sucesiones.

En libros como Ask Iwata o Console Wars.

En videojuegos como Victoria 3, Manor Lords, FTL o incluso Stonks 9800, donde la administración de recursos, el largo plazo y la continuidad importan más que las victorias inmediatas.

También regreso a la que llamé «literatura de perdedores»: Borges, Bukowksi, Roberto Bolaño, William Burroughs. Al almuerzo al desnudo de Burroughs.

A esos autores que durante años me acompañaron desde los márgenes, desde un desprecio a la «cultural institucional».

Regreso a los videojuegos retro, pero con la muñeca rota.

Regreso a la lectura lenta.

Regreso, incluso, a este blog.

No para borrar lo que escribí hace más de una década. Algunas cosas me producen cierta vergüenza. Otras me parecen ingenuas. Pero todas forman parte de la misma historia.

Las acepto.

Y continúo.

Hoy, trece años después de la última etapa activa de Aguijón Semántico y veinte años después de haber entrado a la carrera de Derecho, quizá entiendo menos la profesión de lo que creía entender a los veinticinco.

Pero le estoy profundamente agradecido.

Porque después de todo este tiempo sospecho que el objetivo nunca cambió realmente.

Sigo intentando ser el abogado de mi familia.

La diferencia es que ahora entiendo que cuidar una familia implica mucho más que conocer la ley y litigar.

Implica construir continuidad.

Implica preservar instituciones.

Implica aprender cuándo luchar, cuándo negociar y cuándo simplemente escuchar.

Y quizá por eso he terminado encontrando algunas de las lecciones más importantes no en los tribunales, sino en novelas, videojuegos, mangas, empresas familiares y conversaciones cotidianas.

La búsqueda continúa.

Y tal vez Aguijón Semántico también.

Y también regreso a las personas.

A los profesores que me marcaron, ahora que me acerco a la edad que tenían ellos.

A los amigos de la universidad con quienes pasé horas discutiendo sobre derecho, política, literatura y filosofía, convencidos de que estábamos muy lejos de resolver los grandes problemas del mundo: pero valía la pena seguir.

A los amigos de la universidad con los que los pasatiempos eran el centro de todo.

A los abogados que me enseñaron a enamorarme del litigio.

A las contrapartes que terminaron convirtiéndose en amigos.

A los amigos octogenarios que me regalaron décadas de experiencia condensadas en una conversación.

A quienes me abrieron la puerta a mundos tan distintos como la ceremonia del té, la restauración de muebles, la empresa familiar o la cultura japonesa.

Con el paso de los años descubrí que gran parte de lo que llamamos formación profesional en realidad es formación humana.

Los libros importan.

Las teorías también.

Pero las personas importan más.

Porque son ellas quienes nos enseñan a ejercer un oficio con criterio, con prudencia y, sobre todo, con humanidad.

Un recuerdo que me visita…y me determina

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Es increíble poder encontrar esas pequeñas situaciones en las que nos miramos en el espejo y vemos todo el camino que hemos recorrido. Como si sólo estuviéramos esperando el objeto o la suma de situaciones que nos ayudan a revelar una parte de nosotros de la que ya nos habíamos olvidado. De pronto podemos ser conscientes de todos los pasos, buenos y malos, que hemos tomado en la vida: pero viéndolos desde otro lugar desde el cual todo es más claro. En este caso, el espejo es un episodio de la nueva serie de Jerry Seinfeld.

Es sabido que nuestra vida se llega a regir por directrices que nosotros mismos construimos: reglas que escribimos a mano en nuestro inconsciente (muchas veces con 15 o 18 años). Con este pequeño video de Jerry y Kramer (que ahora actúan como personas normales) hay una extraña sinceridad que, en mi caso, me ha llevado a cavilar sobre una etapa de mi vida: cuando veía SEINFELD en los 90. Pero lo que aun es más extremo: las decisiones que de alguna manera tomé a través de las reflexiones de ese programa, por esa extraña forma de entretenimiento moralizador: esa extraña forma que tienen los norteamericanos de vender su moral y que nosotros, en este enorme bloque hispanoparlante, hemos adoptado y adaptado.

SEINFELD, el «show about nothing«, parece desnudarse en la pantalla. Michael mostrando de pronto su lado más vulnerable; liberando todas las emociones reprimidas durante todo este tiempo que Jerry, quien sólo esta tratando de hacer un fragmento cómico, no le ha marcado siquiera por teléfono. La risa forzada de Jerry se mezcla con la melancolía y nostalgia de un «triste payaso», su vecino durante 9 largos años, en una breve e inmortal escena en la que caminan de regreso del café: ya sin diálogos, ni ruidos, y sólo un suave jazz. Sin duda un momento mágico y revelador.

Michael le agradece a Jerry, de una manera extrañamente sincera, que le haya dado a «Kramer». Y durante toda la platica busca sus ojos, como si buscara su aprobación; mientras Jerry sigue tratando de buscarle lo cómico a la situación de Michael, intentando de mostrar lo mismo que él: aun podemos ser simpáticos, aun podemos ser alguien más. Pero en realidad vemos como, en el fondo, «Kramer» se convirtió en una cárcel, un «personaje universal» que no pierde su hipocresía (la hipocresía de toda mascara que se utiliza en el teatro, en el cine y la televisión). Jerry le vendió una reja, y una muy cara. No sólo no ha podido escaparse del personaje, si no que, nos confiesa, no disfruto mientras lo interpretaba.

De alguna manera Jerry tiene la misma maldición. No puede hacer sus rutinas cómicas y sus pequeños cortos de Cómicos, Coches y Café sin depender de su pasado. Como dijo Picasso: «Yo no soy más que un bufón público que ha comprendido su tiempo». De alguna manera estos son bufones que han quedado atrapados entre sus casas de Malibú y sus coches de lujo.

Pero este episodio tiene tres peculiaridades. Por un lado, es la primera vez que los personajes se atreven a olvidarse de las cámaras y los micrófonos. Por otro lado, esa sinceridad genera situaciones tan extrañas que parecen el producto de algo más que la casualidad (tanto así que el principio del episodio es acompañado de unas líneas donde se advierte esto). Finalmente, el coche. Una Combi de trabajo destartalada, para el coleccionista de Porsches, resulta psicológicamente reveladora.

Link al video:

http://comediansincarsgettingcoffee.com/michael-richards-its-bubbly-time-jerry

Estantes de Culto

Hay una agitada contienda por enaltecer los autores de culto.

Murakami, Burroughs, Fante, Bukowski y los infrarrealistas dan una importante pelea en libreras repletas de G.R.R. Martin, incluso en EUA.

Aun teniendo poca o nula publicidad mediática, estos autores acaparan innumerables blogs y discusiones informales. Pero, ¿qué es lo que nos atrae a estos autores?

Antes que nada: un profundo desconocimiento de su obra. Tanto Burroughs como Bukowski pasaron sus ultimas entrevistas reivindicando las concepciones erróneas que se tuvieron sobre ellos. Concepciones que se siguen teniendo.

¿Por qué nos cuesta trabajo separar a los autores de su obra? Esto es especialmente difícil en el caso de una sociedad que es incapaz de mantener intactos a sus ídolos, donde búscanos estabilidad en las ideas generalizadas de «bueno» y «malo».

Ciencia, filosofía y arte…sin religión

«El hombre, perplejo, tiene tres maneras de enfrentar el caos: la ciencia, la filosofía y el arte. Se dice que la ciencia analiza lo finito renunciando a lo infinito; que la filosofía, desde Platón, da consistencia a lo infinito, y que el arte -¿por qué no el teatro?- crea un finito que devuelve al sujeto -al espectador- lo infinito.»

Genealogías teatrales
Mimesis y personaje, la variación de dos invariables
por Bernardo Carey

http://www.teatrodelpueblo.org.ar/dramaturgia/carey004.htm

fragmento de la correspondencia entre Paz y J.C Lambert (el conquistador de escandinavas)

«No es fácil aceptar que las cosas son como son. Su conflicto me hace recordar otros, por los que yo o amigos míos han pasado. Todavía no conozco una tentativa amorosa que haya terminado bien. Acaso la esencia del amor consista en un breve choque y luego la separación, la muerte, o la lenta transformación del amor en odio mutuo. Al mismo tiempo, estoy seguro que las fuerzas que desencadena el amor – ¿o es él quien las libera? – y los recuerdos que nos hace entrever son los únicos bienes que tenemos sobre la tierra, el verdadero fuego – en el sentido prometeico -. Quizá fracasamos porque somos mortales -y porque, siéndolo, no nos resignamos a morir-. Pero no se sienta traicionado. Muchas veces yo he sentido lo mismo. Más tarde, he pensado que nadie nos traiciona -ni siquiera nosotros mismos (toda traición necesita, aunque parezca monstruoso, la complicidad del traicionado) – No, nadie nos traiciona -excepto nuestra naturaleza, nuestro ser, que no es capaz de resistir el fuego sin quemarse o sin degradarlo en odio-. A veces pienso que las religiones tienen razón (una razón de ser más profunda que la razón pensante) porque se fundan en el sacrificio. Si el amor es fuego, sólo puede devorar, quemar, cuando no rehusamos a su quemadura, quemamos a lo que amamos. Y de todas maneras se produce el sacrificio. Así, el amor – como todo lo que vale la pena- nos coloca ante una disyuntiva: o el sacrificio o la tortura de aquello que amamos»…

 
O. PAZ. 
un gran aporte de Arturo Oropeza.
Gracias