El verano llegó casi sin pedir permiso.
Los niños ya están de vacaciones —o a punto de estarlo—. En unos días cerrarán los tribunales de la Ciudad de México. Afuera se juega un Mundial. Mientras tanto, yo vuelvo a abrir un cuaderno que llevaba veinte años cerrado: el Seminario de Teoría del Derecho.
Es curioso cómo funcionan los aniversarios. Uno cree que recuerda las materias de la universidad por lo que aprendió en ellas, cuando en realidad las recuerda por las preguntas que dejaron abiertas.
Durante mucho tiempo pensé que el seminario sobre Hans Kelsen había sido simplemente una mala materia impartida por un mal profesor utilizando una mala traducción. Hoy creo que fue mucho más revelador que eso.
No porque me hubiera enseñado la Teoría Pura del Derecho, sino porque, sin proponérselo, me mostró una de las instituciones más persistentes de México.
El malinchismo.
No me refiero al gusto por lo extranjero. Todas las culturas aprenden unas de otras. Me refiero a algo más profundo: la tendencia a considerar verdadero aquello que viene legitimado desde fuera, aunque apenas lo comprendamos; a repetir autores europeos sin contexto, a citar conceptos oscuros como si la dificultad fuera prueba de profundidad.
Con Kelsen ocurrió algo parecido.
No era extraño estudiar una traducción hecha sobre otra traducción, explicar conceptos separados de la historia que les dio origen y memorizar categorías sin entender por qué habían surgido. El contexto desaparecía. Sólo quedaba la autoridad. Y la confusión de «ciencia» y «wissenschaft1«.
Y, sin embargo, Kelsen escribía respondiendo a problemas muy concretos: la crisis del Imperio austrohúngaro, la necesidad de construir un Estado moderno, la búsqueda de una ciencia jurídica que pudiera sostenerse sin depender de la religión, la moral o la política.
Nosotros recibíamos únicamente el resultado final.
Como si alguien pretendiera enseñar cálculo diferencial sin explicar primero qué es una pendiente.
Con el tiempo comprendí que el problema nunca fue Kelsen.
El problema fue nuestra manera de leerlo.
Más aún: nuestra necesidad casi ritual de aceptar que una idea es mejor simplemente porque nació en Europa.
Quizá por eso, con los años, terminé encontrando más útil volver hacia quienes normalmente aparecen sólo como notas al pie: Santo Tomás de Aquino, San Agustín, y el eslabón perdido Friedrich Carl von Savigny2. No necesariamente porque tengan razón, sino porque ayudan a reconstruir la conversación completa. Las ideas jurídicas no nacen aisladas; responden a épocas, conflictos, instituciones y formas distintas de entender al ser humano.
Kelsen fue una respuesta.
Pero en la universidad muchas veces nos lo presentaron como un punto de partida.
Tal vez por eso salimos creyendo que pensar jurídicamente consistía en citar autores, cuando en realidad consiste en comprender problemas.
Mientras escribía estas líneas terminé también la campaña de Diablo IV.
No deja de parecerme curioso que una historia inspirada en imaginarios medievales termine, precisamente, con una idea de emancipación. Los hombres dejan de esperar que el Cielo o el Infierno resuelvan su destino. Descubren que tendrán que asumirlo por sí mismos.
Pensé entonces que esa quizá sea también una tarea pendiente para nuestra cultura jurídica.
No emanciparnos de Europa, porque nadie se emancipa del conocimiento.
Tampoco renunciar a estudiar a Kelsen, a Hart o a cualquier otro gran jurista.
La verdadera emancipación consiste en dejar de pedir permiso para pensar.
En leer a los clásicos sin convertirlos en dogma.
En entender que una teoría vale por la calidad de las preguntas que responde, no por el prestigio de la universidad donde fue escrita.
Quizá eso sea, veinte años después, lo más valioso que me dejó aquel seminario.
No la Teoría Pura del Derecho.
Sino la sospecha de que una educación jurídica madura comienza justamente cuando dejamos de confundir autoridad con verdad.
Tal vez ésa sea una de las emancipaciones intelectuales que México sigue teniendo pendientes.

Foto de Tlaxcoaque3 – Recepción del edificio anexo de la Dgpt,
Autor no identificado, 14-10-1957
Museo Archivo de la Fotografía
- Etimológicamente, es un término compuesto formado por Wissen (que significa «saber» o «conocimiento») y el sufijo -schaft (que denota estado, condición o el cuerpo/profesión de algo). [1, 2] ↩︎
- Una nota al pie para explicar «notas al pie»: San Agustin, Santo Tomás y Savigny son notas de pie en los libros de doctrina y teoría del Derecho que me tocaron leer. ↩︎
- proviene de la lengua náhuatl y significa «lugar donde se miran las serpientes«- ↩︎
Fotografía incluida en la publicación: https://memoricamexico.gob.mx/es/memorica/Tlaxcoaque?utm_source=chatgpt.com#sala2




